Por: Rashid Al-Rasul
Te han enseñado que amar es retener. Que el dolor es señal de cariño. Que la muerte es el enemigo.
Pero hay una verdad:
A veces, el amor más profundo se parece al desapego.
Cuando un ser querido está en su umbral final:
✔ ¿Estamos alargando su vida… o nuestro miedo?
✔ ¿Hablamos de dignidad o de culpa?
✔ ¿Es compasión… o egoísmo disfrazado?
Pregunta cruda:
¿Cuántos tratamientos son para el que se va… y cuántos para los que se quedan?
Hay momentos en los que la vida nos enfrenta a sus pruebas más incómodas.
Y no son las que duelen por fuera.
Son las que te atraviesan por dentro, en silencio, cuando todos esperan que respondas como ellos lo harían.
En estos días, la vida me ha traído la posibilidad de vivirlo en primer plano. Y no lo menciono aquí para hablar de mí, sino para poner sobre la mesa una pregunta que duele, que divide, que incomoda… pero que tarde o temprano todos tenemos que enfrentar:
¿Qué hacemos cuando alguien que amamos está al borde de una posible muerte?
Cuando el cuerpo de un ser querido se apaga lentamente, y el alma ya no cabe en esa carne limitada y dolorosa,
¿Es amor seguir aferrándolo a este plano?
¿Es compasión alargar una vida artificialmente con sueros, máquinas y tratamientos que extienden la agonía, pero no la experiencia?
¿A quién estamos sosteniendo en realidad: a esa persona… o a nosotros mismos?
¡El apego disfraza muchas veces al amor!
El apego se disfraza de amor con una maestría conmovedora. Insiste en que un día más es un regalo, cuando quizás sea una condena. Habla de no abandonar, cuando en verdad está abandonando la paz del ser amado a cambio de nuestra propia tranquilidad temporal.
Hay una sabiduría antigua que las culturas ancestrales conocían y que nosotros hemos olvidado: la muerte no es lo opuesto a la vida, sino parte de su danza sagrada. En la naturaleza, ningún ser lucha contra su ciclo final como lo hacemos los humanos. Los árboles no se aferran a sus hojas en otoño. Los ríos no resisten su encuentro con el océano.
La mayoría no lo ve, pero muchas de las decisiones que se toman en esos momentos no se hacen por el otro, sino por no querer sentir el vacío.
—“Hay que hacer todo lo posible”, dicen.
—“No lo dejes solo.”
—“Ve, acompáñalo, qué importa el trabajo o tus cosas.”
¿Y si eso que llaman “hacer todo lo posible” es precisamente lo que impide que el alma haga su tránsito en paz?
Nos han enseñado a vivir la muerte como un drama.
Como una injusticia.
Como una pérdida.
Pero la muerte no es ninguna de esas cosas.
Es un movimiento natural. Un cierre.
El regreso a casa.
Sé que muchos al leer esto se harán esta pregunta, y la respondo de antemano:
¿Por qué enfermamos?
Todo cuerpo enfermo es un cuerpo que está diciendo algo no resuelto.
La enfermedad no es el castigo de un dios ni el azar ciego del universo.
Es un lenguaje.
Cuando una persona llega a un estado crítico, en muchos casos, es porque su alma ya lo ha dicho todo… o ya no puede decir más. Y en ese punto, muchas veces, lo más compasivo no es luchar contra la muerte,
sino dejar que ocurra con la mayor dignidad posible.
“¿No te duele?”, me preguntan.
Sí. Claro que duele.
Pero no duele por que parta…
Duele porque dentro de mí hay un eco.
Una memoria.
Una historia vivida que ya no podrá repetirse.
Y ahí está el aprendizaje.
No sufro por perder un cuerpo.
Sufro —si es que puedo usar esa palabra— por la parte de mí que vivió a través de él.
Por lo que significa.
Por lo que me ha enseñado.
Y sé que su legado no está en una cama de hospital, ni en un cuerpo que ya no puede sostener su luz.
Está en mí.
Está en lo que soy.
Y en lo que estoy construyendo para que muchas más almas se liberen.
El juicio ajeno: ¿El último velo?
Muchos te señalarán.
Dirán que eres frío.
Que no amas.
Que “cómo es posible” que no estés ahí.
Que “no te duele”.
Y en realidad lo que no entienden es que tu amor ya no está en el apego.
Está en la libertad.
El verdadero amor no se aferra.
Acompaña en silencio, incluso a la distancia.
Y honra la vida… dejando partir cuando es el momento.
Y es que… El dolor real no viene por la muerte.
Viene por lo que no aprendimos en vida.
Por no haber dicho “gracias” cuando podíamos.
Por no haber abrazado con presencia.
Por haber creído que el tiempo era eterno.Y a la vez, la partida de alguien es también un recordatorio:
de que nada ni nadie es para siempre…
y por eso cada instante es sagrado.
Fragmentos de «El Libro de La Muerte – Un libro sobre la vida / Rashid al rasul»
¿Qué pasa cuando una vida se extiende más de lo que debía?
Pasa que ese alma se queda atrapada.
Pasa que confundimos amor con obstinación.
Pasa que forzamos a la Tierra a retener una energía que ya cumplió su ciclo.
Y no hay mayor sufrimiento que vivir cuando ya no se está vivo.
– En nombre del verdadero amor:
No hago un llamado a la frialdad.
Ni a la indiferencia.
Es un llamado a ver con claridad.
A entender que morir no es fracasar.
Que soltar no es abandonar.
Y que hay veces donde la presencia más poderosa no es física, sino energética.
Que si de verdad amamos, debemos también aprender a dejar ir.
Con gratitud.
Con comprensión.
Y con paz.
Porque si hay algo que trasciende la muerte…
es el verdadero amor.
Por: Rashid Al-Rasul
Y tú dime:
💬 ¿La muerte le da valor a la vida o es al revés?
Comparte tu experiencia en los comentarios de nuestro canal de Telegram
📘Sobre el autor
Rashid Al-Rasul: Líder Espiritual, Escritor, Podcaster y fundador de la Honorífica Hermandad H.H.I.D.D.A.Y.A.H es el creador de este contenido.
Descubre más sobre su camino y visión en su página personal.
Estamos en Facebook, Telegram y WhatsApp
Si quieres saber más sobre nosotros HAZ CLICK AQUI
Suscríbete!
Deja tu correo y te haremos llegar nuestras nuevas publicaciones y más…








