Recuerdo la primera vez que vi a un hombre pidiendo dinero en la parada del bus. Llevaba las uñas negras de tierra y olía a alcohol barato. Mi mano buscó automáticamente las monedas en el bolsillo mientras mis ojos evitaban su mirada. Pero entonces algo cambió. En lugar de darle el dinero y seguir mi camino, me senté a su lado. «¿Cómo llegaste aquí?», le pregunté. Su historia me partió el alma: había sido ingeniero, perdió a su familia en un accidente, y el alcohol se convirtió en su único refugio.
Nos han entrenado para creer que los marginados son diferentes a nosotros. Que llevan una marca invisible que justifica nuestro rechazo. Pero la verdad es más incómoda: la línea entre nuestra estabilidad y su caos es más delgada de lo que queremos admitir.
Toquemos el tema con sinceridad:
«TODOS» hemos sentido esa incomodidad al ver a alguien viviendo en la calle pidiendo dinero. Surge el miedo. La duda. El juicio automático:
—“Seguro es para drogas.”
—“Él se lo buscó.”
—“Que trabaje.”
Es un pensamiento que parece lógico en un mundo que ha normalizado mirar hacia otro lado.
Pero… ¿dónde queda nuestra humanidad cuando dejamos de mirar a los ojos de otro ser humano?

Esther limpia parabrisas en el semáforo. Tiene 24 años y ojos que han visto demasiado. «La gente me da monedas», me dijo una tarde lluviosa, «pero lo que realmente necesito es que alguien me recuerde que sigo siendo humana». Su frase me persiguió durante semanas. ¿Cuántas veces habíamos reducido su dignidad a unas monedas que nos liberaban de la CULPA pero no le devolvían la esperanza?
El problema no es la pobreza material – es la pobreza de conexión auténtica. Esa persona que esquivas en la esquina no necesita tu lástima: necesita que la mires como miras a tu mejor amigo cuando está sufriendo.
El problema no es la persona. Es la historia que no conocemos.
Quien llega a las drogas, al crimen o a la calle no nació así.
Hay una herida, un abandono, un trauma que los empujó a perder el control. La mayoría no quería caer.
Simplemente se rindió porque nadie los sostuvo cuando aún intentaban mantenerse en pie.
Y, aunque duela reconocerlo:
La sociedad no da oportunidades a quien se equivoca… pero sí lo condena con facilidad.
¿Y si la verdadera ayuda no fuera dar dinero, sino devolver dignidad?
Mientras el mundo discute sobre ayudas sociales y programas gubernamentales, hay una transacción más profunda ocurriendo en las sombras:
- Cada mirada evitada es un mensaje: «No existes»
- Cada moneda dada con prisa dice: «Toma esto y desaparece»
- Cada prejuicio repetido construye un muro más alto
Pero hay una alternativa:
- 5 minutos de conversación valen más que 50 monedas
- Recordar su nombre restaura identidad
- Preguntar «¿cómo estás realmente?» rompe el hechizo del olvido
Hay un gesto más valioso que una moneda:
Escuchar.
Sentarte.
Invitarlo a contar su historia sin miedo al juicio.
Y les va a surgir la pregunta: ¿Y que hay con aquellos que no son vagabundos, que no son marginados, que lucran y viven de la lastima ajena?
Lo mismo:
Escuchar.
Sentarte.
Invitarlo a contar su historia sin miedo al juicio.
Al hacerlo, demostrarás que no necesitas condenarlo para que se confronte consigo mismo. Tu presencia honesta será un espejo. Y en ese reflejo, esa persona se irá pensando en el vacío que está sembrando, en el daño que causa al disfrazar necesidad con manipulación.
Porque incluso el que aparenta aprovecharse de la compasión, en el fondo también carga una herida. Quizás la herida de la carencia, del miedo a no tener, del hábito de sobrevivir a costa de otros.
No se trata de justificarlo. Se trata de mostrarle, sin violencia, que hay otra forma de existir. Que la dignidad no se roba ni se mendiga: se recupera cuando alguien te recuerda que aún puedes elegir.
Hay personas que han salido del infierno simplemente porque alguien se sentó a su lado y dijo:
“Aquí estoy contigo. No tienes que cargar esto solo.”
Eso no lo hace un sistema. No lo hace una institución.
Lo hace un ser humano… despierto.
El verdadero despertar no es meditar ni saber cosas ocultas. Comienza amando sin condiciones.
El miedo nos ha sido implantado.
Nos dijeron que el marginado es peligroso.
Que el adicto es culpable.
Que el preso es irredimible.
Pero el mayor verdugo en la vida de esas personas ha sido la soledad.
Y cuando los marginamos, nos convertimos en cómplices del mismo sistema que decimos rechazar.
En Hidayah enseñamos que:
El crecimiento espiritual no se mide por lo que sabes, sino por tu capacidad de tocar un corazón que ya nadie se atreve a tocar.
Cada adicto fue un niño con sueños.
Cada preso fue alguien que quiso encajar.
Cada vagabundo alguna vez tuvo un hogar.
La sociedad los expulsó.
No seamos nosotros quienes cierren la última puerta.
Pues «Es complicado», decimos. «No tengo tiempo», justificamos. «Qué va a cambiar con mi pequeño gesto», nos convencemos. Pero en los círculos Hidayita hemos visto milagros cotidianos:
- El ex adicto que hoy dirige talleres de reparación de bicicletas
- La mujer sin hogar que recuperó a sus hijos gracias a que alguien creyó en ella
- El joven que dejó las pandillas cuando encontró una comunidad que lo vio como familia
No se trata de salvar a nadie. Se trata de recordarnos mutuamente nuestra humanidad compartida.
Tu misión está allí: justo donde te incomoda
Esa persona que te genera rechazo lleva un regalo para tu alma: la oportunidad de expandir tu capacidad de amar más allá de lo cómodo, lo conveniente, lo socialmente aceptable.
Como suelo decir a nuestros estudiantes: «Tu nivel espiritual se mide por cómo tratas a quienes no pueden darte nada a cambio».
Mañana, cuando camines por la ciudad, lleva esta pregunta en el corazón: ¿Estoy dispuesto a ver el alma detrás de las circunstancias?
Si hay tanta necesidad a tu alrededor, no es casualidad.
Es una llamada.
Un recordatorio de tu propósito.
No necesitas grandes discursos.
No necesitas ser «maestro espiritual.»
Solo ser humano.
Solo estar presente.
Y tal vez, con un gesto pequeño…
le cambies la vida entera a alguien que ya se había rendido.
Por: Rashid Al-Rasul
Guía Espiritual y Autor Esotérico
💬Y tú, buscador, ¿Has tenido una experiencia ayudando o acercándote a alguien que la sociedad ya había descartado?
¿Alguna vez un desconocido te cambió la vida con un gesto simple?
¿Qué crees que nos detiene más: el miedo o el juicio?
📩 Te leo en los comentarios.
Porque estas historias necesitan ser contadas
Comparte tu experiencia en los comentarios de nuestro canal de Telegram o en nuestro CHAT
Cada palabra tuya puede encender una chispa en alguien más.
📘Sobre el autor
Rashid Al-Rasul: Líder Espiritual, Escritor, Podcaster y fundador de la Honorífica Hermandad H.H.I.D.D.A.Y.A.H
Descubre más sobre su camino y visión en su página personal.

Estamos en Facebook y Telegram.
Si quieres saber más sobre nosotros HAZ CLICK AQUI
Suscríbete!
Deja tu correo y te haremos llegar nuestras nuevas publicaciones y más…








